[ Luta no es la paz de un residente. Luta es la enfermedad de un habitante. Su dulce travesía de puentes con mensajes columpios en los headfones. Luta aún no existe.]
Hoy es domingo: el día más triste y estúpido de la semana. Ese, se compara conmigo. Hace frío, tiritan los pellejos desnudos y debo partir. Darle un paso al vacío. Hoy debe ser mi último día; nunca observé tanta belleza en menos de un centímetro cuadrado, me enamora su color. Avanzo resguardado por un ave. Su volar me encanta, exita. Dulce onánica me vendes el alma sin saber quien soy. Aún no sé y no sabré –espero- jamás. Mi alma está podrida. Me encantó tu abrazo. Alzo. Danzo. Balazo recto al corazón. Nunca sabré que son aquellos cojines transparentes y rechonchos que cuelgan de los talleres de mecánica. Nunca sabré que fue del rostro de la niña que se creyó mujer y voló sola. Aun paso de no saber a donde ir. Si existe realmente el cielo o el infierno, o simplemente después de mi acto no exista nada salvo el silencio o mejor aún el eco triste de una gota de sangre que explota al caer. Yo no conocí el amor pero irónicamente eso me debería matar.
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Veintitrés, la edad perfecta para largarme de aquí. Morir joven y dejar un cuerpo hermoso (relativamente hablando). Maldita sea era muy cierto aquello que no me puedo llevar nada a mi otra vida. Dejo mis discos. Toda la música que compre, la que bajé (y la que no pude descargar). No me llevo de ti una prenda que me recuerde tu nombre, ya que mis ojos serán los primeros en desintegrarse y no te podré ver. No quiero ver. Para salvar mi vida debo acabar con ella, dice el track de un columpio. Me pongo los headfones en la cabeza, alimentaré con música mi salto. Los riffs convierten mis dedos en cuchillas, un toque de garganta puede ser fatal. Pienso en mi acto: una danza de cuchillas afiladas en sesión sangrienta. Me ponen depresivo y cada vez veo con claridad mi deceso: mi cerebro despatarrado en asfalto. Seré una instalación de mi propia muerte. Ya no veré luces irritantes, ni estrellas que rondan mi cabeza.
- Me voy.
- Me voy.
- Ya me voy, me voy.
- Seré un ángel malo y después de esto tendré lentes nuevos de carey.
- Para salvar mi vida debo acabar con ella.
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- Yo nunca me fui, es más nunca estoy de vuelta pero gracias por esperarme. Tengo el ojo derecho triste y mirada lejana, eso me hace recordar que yo nunca dije te amo pero sí lo llegué a escribir y me respondieron “eso sonó muy fuerte”. Publiqué ‘Cuentos cortos para viajes largos’. Su única edición cruzó el océano y nunca más volvió. Soy una mala influencia para mi y estoy vetado por unos padres que no son los míos. Postulé a Literatura y no ingresé. Estudié y terminé la carrera de Diseño Gráfico. Llevé un curso de redacción de crónicas. Creo que debí estudiar siempre Literatura. Confesé en una mañana de verano mi deseo de mudarme y mi madre lloró, confesé también querer ser un escritor. Fuera de eso me obligan a ser un san marquino. Finjo desnudar parte de mis sentimientos en forma de terapia en un blog anónimo. Ya no son ‘textos crípticos’ como lo describió un tal Renato Cisneros cuando leyó ‘La luminosa se prendió en vértice y mi lúmina en bolso’ del cual sentenció con pasividad “Es un lenguaje bien cerrado. Puede ser una característica o una limitación”. Bueno pase usted por el blog. La compasión también viene en bolsa. Bienvenido (Espero vender con esto).
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